Be water

Hablaba rápido y agudo, con la voz diluida en alcohol. Despegaba el meñique del vaso cuando movía las manos, que volaban dibujando sus palabras. El aire fresco del río se mezclaba con el aliento de la multitud de la terraza, húmedo, cálido, ligeramente pegajoso. Una canción acolchada hablaba de amor verdadero y cheerleaders.

— ¿Estoy bien?
— Sí.
— ¿No me he salido?
— No.

Me devolvió el pintalabios y bebió de su copa.

— Pues eso, que yo quería estudiar Bellas Artes o Periodismo, pero soy demasiado lista y tenía que aprovechar mis notas. Mi madre me lo decía, que no fuera tonta, que ya que soy lista hiciera algo que mereciera la pena. Así que hice Derecho con Empresariales.
— Ya.
— Y eso. Pero yo quería hacer Periodismo, pero es que soy demasiado lista para eso. Periodismo o Bellas Artes. Pero es que a mí eso de estar en un coche esperando a que el malo salga y esas cosas me flipa. Me encanta investigar. Me encanta. Ahí, con el café en el coche. Me parece superguay ser periodista o pintar, porque se me da muy bien pintar. ¿O sabes qué también me habría gustado ser? Actriz de teatro. Pero es que eso, tenía que aprovechar que soy lista.
— Ya. Oye, voy a ir un momento al cuarto de baño, ¿vale?
— Ah, vale. Ahora nos vemos.
— Sí.

Podría haber fingido un suicidio por ahorcamiento con papel higiénico o por traumatismo craneoencefálico tras resbalar en el sospechoso líquido que bañaba el suelo del cuarto de baño, pero era la amiga de una amiga y en algún momento descubriría la verdad. Me despedí de ella más tarde y desaparecí. No la he vuelto a ver desde entonces. Supongo que anda ocupada intentando encontrar el equilibrio entre el estudio de física cuántica en sánscrito, seminarios online de trading y algún curso de preparación para el C2 de chino mandarín. Espero que el estrés no haya afectado a su salud capilar y Pilexil aún sea para ella sólo un eslogan pegadizo. Espero que esté bien.

Creo entenderle. Decantarse por realizar una carrera universitaria según la potencial salida laboral es una decisión pragmática. Nadie quiere pasar de la cola de la graduación a la del paro. Decidirse por unos estudios superiores guiada por el consejo paterno es –después de haber llegado de una pieza a los 17 años gracias a ellos– una elección natural. Tras casi dos décadas, ha comprobado que cuando la obligaban a comerse las lentejas, a hacerse amiga de los hijos de sus amigos o a ponerse la bufanda, era por su bien. Ya sabe que sólo quieren lo mejor para ella: seguridad económica. Ya es consciente de que sólo pretenden evitar que acabe en la puerta de un supermercado con un cartón en la mano y un perro a los pies.

Creo que no lo entendemos igual. Con suerte, su ocupación laboral rellenará ocho horas diarias durante 250 jornadas anuales. La única manera de sobrevivirlas es dedicarlas a algo capaz de convertir la imposición en obligación personal. De transformarlas en algo que le haga sentir como a la salida de una sesión de gimnasio: conocedora de que, ahora que las endorfinas lo empapan todo y el agua sabe mejor, el esfuerzo merece la pena. Quizá sea ahí donde el terreno se nos seca y acartona. Prioridades. Otras consideraciones pueden pesar más que el deseo de autorrealizarse en una pasión convertida en profesión. Valoramos de distinta manera. Nos conducen motivos diferentes.

Creo que no lo entiende. Cuando toda una rama de conocimiento es despreciada por algo como el prestigio (aquel espejismo de la opinión de la sociedad menos próxima, esa inspiración fosilizada de la que hablaba Paul Graham), se pierde más del que se gana. Suponer que existe un estadio de inteligencia que incapacita a su afortunado dueño para profundizar en Filosofía, Historia, Geografía, Comunicación o Bellas Artes, es sólo una forma de demostrar la profundidad intelectual de una cucharilla de café. Jactarse de serlo es confirmar aquel refrán popular que hablaba sobre el presumir y el carecer. Es lanzarse un beso al reflejo del espejo, chocar los cinco con uno mismo, hacerse una selfie en un funeral.

Las humanidades hacen líquido al pensamiento. Encienden su maleabilidad. Permiten que las ideas se expandan, se adapten, se cuelen por lugares que parecían cerrados. A través de ellas, la realidad se satura como pasada por un filtro de Instagram. Los sentidos se despiertan y estimulan, los matices percibidos se enriquecen. Convierten a quienes a ellas se dedican en observadores del mundo, del propio y del ajeno. Nos enlazan con ellos para que el yo se reconozca y construya un nosotros. Muestran las diferencias y las difuminan. Con ellas se abona la empatía, se abandona el egocentrismo.

Cualquier manifestación del arte y las letras constituye una manera de construir conciencia de uno mismo, de hallar vida fuera de la nuestra. Una obra de Mayorga o un poema de Celaya, una película de Malick o un podcast de Koenig, un reportaje de Bly o un documental de Jarecki, son un camino para alcanzar un estado de extrañamiento que nos desprenda de nuestras limitaciones y nos presente realidades que nos agiten y trasciendan. Son una observación activa, en movimiento, capaz de convertirnos en seres críticos con nuestros actos e ideas. Capaz de hacernos más dueños de nosotros mismos. Capaz de hacernos más libres.

Son testimonio de los cambios. Son su canal. Transportan ideas en forma de emociones y sensaciones. De manera meditada, llegan a lo irracional para depositar un mensaje razonado. Se formulan preguntas en un relato de Cheever y en un dibujo de Amarillo Indio, se elaboran respuestas en una novela de Alexiévich y en una viñeta del New Yorker, se ofrecen réplicas en un ensayo de Montaigne y en una columna de Gistau. Necesitan de tiempo y estudio para comprender aquello que encierran, para asimilarlas y aprenderlas a usar. Son la exposición de cómo nos enfrentamos a nosotros mismos, en cualquier tiempo verbal. Las humanidades son, en esencia, una forma de supervivencia.


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Texto: Charo Lagares

Ilustración hecha por David Peralta Moya, originalmente para el primer número de la revista.

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